Icono del sitio Aprendiz en la vida

“¿SABEN DE QUE LES VOY A HABLAR?”

4 Saben de que les voy a hablar

“Narusdín acababa de llegar a un pequeño pueblo de Medio Oriente. Era la primera vez que estaba en ese lugar, y sin embargo, apenas se apeó de su mula, una pequeña comitiva de habitantes les informó que en el auditorio mayor del pueblo se había reunido una multitud que, enterada de su presencia, lo esperaba para que les dirigiera unas pocas palabras. Nasrudín no pudo evitar ser conducido ante la gente que lo ovacionó tan solo al verlo acercarse. Nuestro héroe, que realmente no sabía que podía decirles, se propuso terminar lo más rápidamente posible. El “disertante” se plantó ante la gente que aplaudí y, después de una breve pausa, abriendo sus brazos, se dirigió a todos:

Al cabo de unos minutos interminables, se escucharon algunos murmullos y finalmente el pueblo respondió:

Narusdín creyó ver una oportunidad de librarse de la incómoda situación y dijo:

Y dicho esto, se dio media vuelta… y se fue.

Todos se quedaron de una pieza. Algunos ensayaron una risa nerviosa, suponiendo que Narusdín volvería al podio, pero no sucedió. La confusión se adueñó de los asistentes, habían venido aquella mañana para escuchar al gran iluminado y el hombre se iba sencillamente diciéndoles esas pocas palabras.

Lo que pasó después, casi podría preverse. Nunca Faltan algunos que presuponen que si no entienden algo, es porque lo dicho es sumamente inteligente y los que, sintiéndose incómodos en esas situaciones, se sienten obligados a demostrar cuánto valoran la inteligencia.

Uno de ellos, que estaba presente, dijo en voz alta, mientras Nasrudín se alejaba:

Hasta que alguno añadió:

Y otro, que pertenecía al club de lo que además de necesitar disimular detrás de una explicación lógica lo que no la tiene, agregó:

Así fue que decidieron ir a ver a Nasrudín. La gente había quedado tan asombrada por lo que había ocurrido en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que su conocimiento era demasiado profundo para transmitirlo en una sola conferencia.

Nasrudín les dijo:

Pero la gente comentó:

Y cuanto más insistía Nasrudín en que no tenía nada para decir, mayor era la insistencia de la gente en que quería escucharlo otra vez. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudín accedió a dar una segunda conferencia.

Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde se había congregado aún más gente, pues todos los ausentes habían escuchado del éxito de la conferencia del día anterior. Muchos de ellos habían preguntado:

Nasrudín, de pie ante el público, seguía sin saber qué decirles, así que insistió en su táctica.

La gente, alertada, no quería ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; de modo que todos dijeron:

Nasrudín, con la cabeza abatida, añadió entonces:

Se dio la vuelta y se volvió a marchar. El público se quedó estupefacto, ya que aunque en este caso habían contestado todo lo contrario de la primera vez, el resultado había sido exactamente el mismo. Después de un tenso silencio, otra vez alguien gritó:

Era uno de los que había estado el día anterior y que ahora no quería dejarse ganar. Intentaba establecer que, esta vez, se había dado cuenta del mensaje antes que nadie. Y cuando “los nuevos” oyeron que alguien había dicho ¡brillante!, no quisieron quedarse atrás:

Uno de los que sí había estado el día anterior se puso de pie y anunció:

Todo se transformó en un gran aplauso, hasta que algún otro dijo:

Y de inmediato se oyó a varias voces gritar:

Una delegación de notables fue a ver a Nasrudín para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudín dijo que no, que de ninguna manera, que él no merecía el elogio de ser invitado a dar tres conferencias y que además, debía regresar ya a su ciudad.

Le imploraron, le suplicaron, le rogaron una y otra vez; invocaron a sus ancestros, a su progenie, a todos los santos, le pidieron que diera la conferencia en nombre de lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y finalmente, Nasrudín aceptó, un poco inquieto, dar una tercera y definitiva conferencia.

Una  verdadera multitud se había reunido. En esta ocasión, la gente se había puesto de acuerdo: nadie debía contestar lo que el maestro preguntara. Si hacía falta una respuesta, el alcalde del pueblo sería el portavoz. Él contestaría en nombre de todos.

Por tercera vez de pie ante el público, Nasrudín dijo:

El alcalde, desde la primera fila, se puso en pie, giró para dirigir una mirada cómplice al pueblo y casi desafiante dijo:

En ese momento se produjo un largo aplauso que estremeció el auditorio. Luego todos hicieron silencio y las miradas se posaron en el maestro. Nasrudín respondió:

Y con un giro casi teatral… se fue.

Cuento original de Idries Shah, y esta versión pertenece a Jorge Bucay

Salir de la versión móvil